Capítulo 1
El loco es un soñador despierto.
Sigmund Freud
Mi
casa se ha convertido en una caja de hormigón sedante. Todo está a oscuras, a
excepción de la luz parpadeante del televisor. Me estiro en el sofá y cojo el
mando a distancia. Hago zapping
durante un minuto y dejo una serie de los noventa que ya he visto unas cien
veces. Mis padres han salido hace más de dos horas. Están celebrando su
aniversario en uno de esos restaurantes con platos grandes y comida pequeña. Nunca
le he visto el sentido a esos platos remilgados, a los que les sobra porcelana y
les falta pan y salsa. Tan pronto Clara se enteró, decidió planear la noche. «Un poco de comida basura y una peli de terror nunca deben
despreciarse», dijo. Pero no va a venir. Su madre no
le deja salir de casa si el sol se ha puesto. Son horas intempestivas, según
ella. Asegura que nada bueno puede suceder más tarde de las nueve de la noche.
El
cielo ruge y la calma desaparece por unos segundos. Se acerca tormenta. Bien,
me gusta el ruido de la lluvia, me ayuda a dormir. Me remuevo sobre el sofá
buscando mi postura. Chilla el teléfono fijo y doy un respingo. ¿Quién usa el
teléfono fijo hoy en día? Me levanto y me arrastro hasta el maldito aparato.
–¿Dígame?
–pregunto con el auricular pegado a la oreja.
No
responde nadie al otro lado.
–¿Hola?
¿Hola? –cacareo. Intuyo una débil respiración–. ¿Clara? Como seas tú… ¿Hola?
¿Clarita? –sigo.
–¿Ava?
–Sí, ¿quién es?
–Cariño,
soy mamá. Te llamo desde el restaurante. Vamos a llegar un poco más tarde. Por
lo visto han cortado la carretera por la tormenta.
–Oh,
vale. Pensaba que…
–¿Estás
bien? Por aquí llueve muchísimo.
–Mamá,
es una tormenta, no el fin del mundo.
–Intentaremos
tardar lo menos posible.
–Sin
problemas, mami. Adiós, pasarlo bien –me despido dulcemente antes de colgar.
Miro el reloj, son casi las doce de la noche y me rugen las tripas. Me preparo
unas palomitas en el microondas, un batido de chocolate y un bocadillo de cacao,
y vuelvo a tirarme sobre el sofá. Busco la película que Clara y yo íbamos a ver
y le doy al play. Viernes trece. Me
encanta. Me arropo con la manta de Rue y doy cuenta de un puñado de palomitas
de maíz.
Rue
se acerca a mí, moviendo el rabo.
–¿Qué
quieres? –le pregunto. El pequeño cachorro de pastor alemán pega un salto y me
estruja la barriga–. ¡Rue! –Me retuerzo mientras sigue moviéndose. Me mira con
los ojos grandes y vidriosos y me lame la cara– ¡Qué asco! –espeto. Rue se desliza
hasta mis pies y se hace un ovillo–. Vale, vale…Pero solo hoy, Rue, cuando
vuelvan papá y mamá te vas a tu cama –le informo seriamente. Esta gran bola de
pelo fue un regalo por mi catorce cumpleaños. O eso va diciendo mi padre por ahí,
pero lo cierto es que era él y no yo el que llevaba años suplicando por una
mascota. Yo solo era la excusa perfecta.
El
cielo ruge de nuevo y descarga toda su furia. Un rayo enciende la habitación.
–Vaya,
ese ha sido un buen rayo, ¿eh?
El
pastor alemán resopla y cierra los ojos con indiferencia.
Saltan
los plomos y la televisión se funde en negro. Espero a que la luz que atraviesa
las ventanas desaparezca, pero no lo hace. Frunzo el ceño confusa y me
incorporo despacio. Preparo mi móvil en modo linterna y me acerco al ventanal
que hay detrás de la mesa del comedor. Subo la persiana del todo y me deslumbra
una potente luz azulada.
Rue
ladra y yo me llevo las manos al pecho. Algún día me dará un infarto por culpa
de este perro.
–Vale,
vale, cállate.
Ladra
otra vez.
–Calla
de una vez –insisto con la vista fija en el foco luminoso. El cielo gruñe de
nuevo y la luz desaparece junto con la linterna de mi teléfono. La casa es engullida
por un agujero negro–. Maldito móvil. No veo nada… –Extiendo las manos hasta
alcanzar el cajón de la mesita auxiliar y saco una linterna recargable.
Me
pregunto si debería salir para averiguar de dónde venía esa luz. No hay duda de
que no se trata de un rayo, al menos, no de uno que yo haya visto antes. Recojo
el abrigo del recibidor y me aseguro de no dejar ningún recoveco libre por el
que pueda entrar la lluvia. «No tengo ninguna cosa
mejor que hacer», me convenzo. Abro la puerta de
madera cobriza y suelta un graznido. Guiño un ojo involuntariamente y me da un poco
de dentera. Esa puerta tiene los días contados. Rue me mordisquea los tobillos y
se cuela entre mis pies hasta el patio de la casa.
«Genial, ahora me
tocará lavar al perro. Esta noche mejora por momentos».
Atravieso
el patio delantero. Rue espera obediente junto al
límite del jardín.
–Oh,
ahora decides acatar mis órdenes. –Me encojo de hombros y la doy paso–. Ya estás
hasta arriba de barro. Qué más da, ¿no?
Las
patitas de Rue chasquean sobre el firme mojado a modo de aprobación.
Me
retiro un mechón rojizo que se me ha pegado en la cara y salgo a la calle
principal. A pesar de que llevo puesta la capucha, la lluvia se cuela
hábilmente. No hay rastro alguno de la luz azul. De hecho, es la noche más
oscura que he visto nunca. El aire se me antoja espeso y húmedo. Huele a
asfalto mojado y goma quemada.
Es
extraño.
Sigo
avanzando. El cielo aún ruge pero no hay rayos, ni uno solo.
Es
extraño.
El
barrio custodiado por casas con patios ajardinados se ha convertido en un túnel tenebroso.
Cuando
estoy a punto de dar media vuelta, esa luz regresa. Me deslumbra en un potente
fogonazo. Frente a ella se perfila una silueta. Entorno los ojos pero no logro
averiguar quién es.
–¿Quién anda ahí?
–pregunto al aire. Genial, acabo de hacer lo que hacen las víctimas en todas
las películas de terror. Ahora me acercaré y aparecerá el asesino con una máscara de hockey, una sierra mecánica o un cuchillo de carnicero. Agito la
cabeza y saco de mi cabeza la última escena de Viernes trece.
Rue
gruñe tímidamente antes de salir corriendo. Se aleja de mí en dirección a la
figura.
–¡Para,
Rue! –ordeno inútilmente.
La
sombra se agacha y pasa la mano sobre su lomo. Me acerco a toda prisa.
«Eso
es, corre hacia el asesino, idiota».
Me
detengo de sopetón.
–¡Clara!
–exclamo–. Pero, ¿qué demonios te pasa? ¿Qué haces aquí en medio de la calle?
–Mi
madre por fin se ha quedado dormida. ¿No íbamos a ver una peli? –responde con
desahogo.
Pongo
los ojos en blanco y niego con la cabeza.
–Algún
día te matará por hacer estas cosas. Lo sabes, ¿no? –Se encoge de hombros–. Deberíamos
entrar –propongo mientras me sacudo el agua como haría Rue.
–¿Y
tú que hacías aquí fuera con la que está cayendo?
–Yo…
–Me planteo hablarle de la luz, pero no lo tengo claro–. Te he visto por la
ventana –señalo mi casa y me sorprendo al ver de nuevo las bombillas
encendidas.
–Oh,
claro.
Entramos,
dejando un rastro de agua y barro que auguro que me traerá una buena regañina,
así que cojo el friegasuelos y le doy una pasada mientras Clara se acomoda en
el sillón reclinable de mi madre. Odio ese sillón de sky. Es viejo y feo, y cuando hace calor se te pega al culo como
una cinta adhesiva. Pero, por alguna razón, mi madre se niega a deshacerse de
él. Valor sentimental, dice…En casos como este, prefiero el valor monetario.
–¿Tienes
patatas fritas? –me pregunta Clara, con las piernas en alto y la cabeza de
medio lado. Rue está junto a ella con el morro apoyado en el reposabrazos.
«Eso es, restriega
toda la mierda sobre el sofá», la riño sin decir nada.
–No
lo sé. Algo habrá en la despensa –respondo y continúo con el mocho y el barro. Clara
me sigue mirando–. ¿Qué quieres?
–Patatas,
ya te lo he dicho –acaricia a Rue y la sonríe–. Tendrás que darle un bañito, se
ha llenado de barro. Si no tienes patatas, me valen unos nachos con queso.
La
ignoro.
–Bueno,
pues ya voy yo –responde. Se levanta con desdén del sofá cochambroso y pone
patas arriba la cocina. No tarda en volver con el regazo repleto de snacks poco saludables que acuna
cariñosamente.
Mientras
vemos una película, terminamos con dos bolsas de patatas, un bol de palomitas y dos
batidos de vainilla y chocolate. Clara
aprovecha una tregua de la tormenta para volver a casa. Vive dos calles más
abajo, así que quizás se libre del chaparrón si se da prisa. Espero a que se
aleje un poco antes de entrar. La lluvia vuelve a caer con fuerza como si
alguien hubiera tirado un cubo de agua desde el cielo. No. No se ha librado del
chaparrón. Se me escapa una risilla malévola y cierro la puerta. Doy un largo
bostezo y reviso la hora.
–Creo
que es momento de irse a dormir –anuncio.
Rue
camina hacia mi cuarto, como si me hubiera entendido.
–Oh,
no, nada de eso. Duermes en tu cama. –La sigo. Me pongo el pijama de ratoncitos
que me regalo tía Lula bajo la atenta mirada del cachorro. No piensa moverse de
ahí–. A tu cama –ordeno.
Ni
caso.
Apago
la luz y me meto en la cama con la sábana hasta la barbilla. Rue gime desde el
suelo. Es un perro experto en el chantaje emocional. Me doy media vuelta para
no mirarla. El cachorro suelta un débil aullido.
–Cállate,
Rue, quiero dormir.
Y
se calla. Sorprendentemente no sigue intentando que la deje dormir a mis pies,
como suele hacer. Me quedo dormida casi de inmediato. Y me despierto de igual
modo. Siento una fuerte presión en el pecho, tengo todo el peso del animal presionándome
las costillas. Abro los ojos en un guiño forzado y doy la luz a tientas. Rue
salta de la cama y empieza a dar vueltas sobre sí misma como una loca. ¿Qué
mosca le ha picado? Pongo los ojos en blanco y me levanto. Tengo la boca seca,
como si hubiera masticado sal. Me sirvo un vaso de agua y me dispongo a volver
a la habitación, pero cuatro golpes en la puerta me detienen. No son mis padres.
Mis padres nunca llaman, tienen llaves y, si no las tuvieran, saben que hay unas
escondidas debajo de la maceta con forma de tortuga. El
reloj del pasillo marca las tres y media de la madrugada. Me quedo quieta y
callada e intento averiguar si hay alguien en mi patio. «A
lo mejor ha sido el viento», me digo. No es el
viento, el viento no llama a las puertas. Sea quien sea, no pienso abrir. «Nada bueno puede suceder después de las nueve de la noche». Recuerdo la frase de la madre de Clara. Al final va a
tener razón… No. No tiene razón, porque no hay nadie al otro lado de la puerta.
Nadie la ha golpeado cuatro veces. Seguro que lo he imaginado.
Continuará...
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