Capítulo 4


     Sigo escudriñándolo todo. No pueden haber desaparecido. Doy varias vueltas a la manzana. La claridad que aportan las farolas es escasa. Estoy usando mi móvil para aclarar esta oscura y absurda noche.
Afino la búsqueda. Me detengo a inspeccionar cerca de un cruce de caminos. No veo a más de tres metros de mí. 
El mundo duerme mientras yo me desquicio.
Suena mi teléfono, pero nadie me llama. Es un aviso de la batería.
«Realmente oportuno».
Me apresuro. Regreso al lugar donde creí ver como la tierra se tragaba a mi perro, pero no encuentro nada. Absolutamente nada. No hay ningún agujero. Ni rastro de que alguna vez lo haya habido. Tampoco hay huellas de perro ni de zapatos.
Me arrodillo y paso las manos por el firme rugoso y húmedo. No sé muy bien que es lo que espero que suceda. Esto es de lo más confuso. 
Telefoneo a los padres de Clara esperando algo más de cordura por su parte. Necesito que alguien me devuelva a la tranquila realidad. Sigo arrodillada, con el agua cayendo sobre mí. Me tiemblan las manos. No sé si es el frío o el ataque de nervios que estoy a punto de sufrir. La madre de Clara me responde al otro lado, y dejo salir un suspiro de alivio.
–¿Está Clara en casa? –pregunto con una imagen de los dedos cruzados dentro de mi cabeza.
–Perdona, ¿quién eres? –inquiere.
–Ava –respondo rápidamente.
–¡Ava! Querida, no tenía tu teléfono guardado en la guía.
«Al menos sabe quién soy».
–¿Está Clara con vosotros? –insisto.
–Clara... –repite.
–Sí, su hija.
–Mi hija –sigue coreando lo que yo le digo.
–¿Está o no? –Empiezo a impacientarme.
–Ava, yo no tengo hijos, ya lo sabes.
Cierro los ojos y me froto la cara.
«Esto no puede estar pasando».
Me incorporo despacio y miro hacia arriba deseando que me absorba el firmamento.
–Claro que tienes hijos –respondo–. Una, para ser exactos. Mira, no sé muy bien de qué va todo esto, si es una broma pesada o lo que sea pero, por favor, dejad de tomarme el pelo. Solo póngame con Clara.
–Niña, yo no conozco a ninguna Clara. –Su tono cambia ligeramente.
Me dispongo a responderle cuando siento un fuerte golpe en la nuca. 
El teléfono se me cae y tuerzo el gesto en una mueca de dolor. Me llevo la mano a la cabeza y la retiro manchada de sangre. 
Sangre. 
Hay mucha sangre. 
La sangre me marea. 
Cierro y abro los ojos compulsivamente. Me pitan los oídos. 
La sangre me marea. 
No puedo dejar de mirar mi mano empapada. La sangre me...

Me doblo y recojo las rodillas entre mis brazos. Siento la hierba fresca en mi mejilla. Está fría. Es agradable. Los terrones bajo ella se me clavan en la piel. Eso no lo es tanto. 
Dejo salir un gemido y carraspeo.
Tengo sueño.
Abro los ojos despacio y me encuentro con un horizonte torcido, verde y rojo. Un prado. Un campo de amapolas. El sol descarga en mi piel su cálida caricia.
Es agradable.
Me levanto lentamente y un calambre se extiende desde la nunca hasta la espalda. Aún me duele el golpe. Reviso a mí alrededor. Estoy cerca de mi casa. La hilera de casas queda a unos metros al norte, más allá del cercado de la granja de la Señora Heredia. ¿Cómo he acabado aquí?
Repaso lo sucedido mientras vuelvo en mí. Algo me atizó en la cabeza. Alguien. ¿Quién? Me pongo en marcha en dirección a casa. Tengo la ropa aún mojada. Recuerdo que llovía. Una gran tormenta. Recuerdo el golpe pero no la razón por la que estaba en la calle.
Alcanzo el patio delantero. Empujo la cancela y accedo al porche. La puerta principal está cerrada con llave. Recojo la copia que guardo bajo la maceta en forma de tortuga y entro. Camino de puntillas para no hacer ruido. Atravieso el pasillo y asomo la cabeza por el resquicio de la puerta del cuarto de mis padres. Siguen dormidos. 
Me debato entre meterme en la cama o prepararme un café. Elijo la segunda opción. El ruido de la cafetera queda velado por un silencio aterrador. 
Falta algo. 
No recuerdo el qué. 
Unto mantequilla sobre tres tostadas pero solo me como dos. Reposo el desayuno unos segundos antes de quitarme la ropa y meterla en la lavadora. Elijo el programa rápido. Entro en el baño y dejo fluir el agua caliente de la ducha. Sigo nerviosa y dolorida. Me coloco frente al espejo y fuerzo una mueca de dolor. Palpo la parte trasera de mi cabeza. Ya no sangra. Me apoyo sobre el lavabo y aprieto los dedos en la cerámica. Entonces lo veo. Son solo unas pequeñas motas, restos entre mis uñas. Restos de algo oscuro. Parece tinta azul o negra. Retiro la mampara y accedo a la ducha. Vierto algo de champú en mi mano y me dispongo a lavarme el cabello. Pero no lo hago. Sigo mirando mis dedos. Quizás me manchara con un bolígrafo. No sería la primera vez que desgracio mi ropa y mis manos por culpa de un bolígrafo mal cerrado.
Termino de limpiarme y me pongo unos vaqueros y una camiseta roja, a juego con mi pelo. Luego salgo al patio con mis zapatos colgando de la mano. Retiro los restos de barro y los dejo secar en la puerta.
Una hora después de mi llegada, mi madre se despierta. Lo primero que hace nada más verme es recordarme el examen que tengo el lunes. Lo había olvidado de forma deliberada. Me aconseja que estudie aunque sé que no es un consejo, sino una orden.
Me encierro en mi habitación y hago hueco en el escritorio. A pesar de ocupar toda la pared del fondo, siempre lo tengo hecho un desastre. Amontono un taco de papeles sobre la impresora y recojo los lápices a un lado. Abro el temario de literatura por la página cincuenta y cuatro y comienzo a leer y subrayar las partes que me parecen importantes. Después las copiaré en mi cuaderno.
Tras la tercera línea me detengo. Se me va el santo al cielo. Me cuesta concentrarme. Releo lo que he subrayado y vuelvo a empezar.
Me rasco la nuca. Ya no me duele, ahora solo me pica. 
Cojo el pequeño espejo que hay colgado en la pared, a un lado del armario, y me reviso frente al espejo de la puerta. Tengo una diminuta herida.
¿Qué ha pasado esta noche?
Vuelvo al escritorio y sigo con mi tarea.
–Ava, hija. –Mi madre golpea la puerta suavemente antes de entrar–. ¿Te importa ir a por dos barras de pan?
Asiento.
«Será mucho mejor que seguir estudiando», me digo.
–Pásate también por la casa de la señora Heredia. La he pedido patatas y un par de lechugas.
–Vale –acepto con rapidez. Mi madre es una fiel consumidora de los productos ecológicos. Asegura que esa es la verdura de verdad y que el resto son sucedáneos de mala calidad. Recuerdo que una vez, intentó tener su propio huerto, pero el resultado fue una auténtica masacre de tomates y zanahorias, así que se decantó por comprar las hortalizas a la señora Heredia.
Me dirijo alegremente hasta la panadería, cojo las dos barras de pan y me tomo la licencia de pedir un caprichito en forma de bizcocho de chocolate. Me lo engulliré antes de llegar a casa. 
Me acerco a la casa de la señora Heredia y llamo a su puerta.
Me ofrece una sonrisa nada más verme y me invita a pasar. Anita es una mujer de lo más amable. Sé que tiene un plato de pastas esperándome en el comedor, es su forma de agasajar a las visitas. Pero debo seguir estudiando, así que me niego a su ofrecimiento nada más me lo sugiere.
–Acompáñeme al huerto entonces, niña –me pide–. Está muy bien eso de estudiar, pero hay que dejar tiempo para el ocio –señala mientras coge su cesta de mimbre del porche.
Caminamos hasta la granja, que está al filo de la urbanización. Acapara un amplio terreno labrado y otro tanto empleado para los animales.
–Cuanto más recientes sean mejor sabrán –asegura, y empuja la puerta del cercado.
Dejamos a nuestra izquierda el gallinero y nos detenemos frente a dos surcos repletos de hortalizas. Remueve la tierra con una azadilla y luego pasa las manos sobre las plantas. Se limpia la tierra en el delantal y me ofrece dos pequeñas lechugas frescas.
–Aún guardan el rocío de la mañana –señala. Hay una babosa que retira con cuidado y deposita sobre otra de las plantas.
–Gracias –respondo mientras cojo las lechugas. Me vuelvo con la intención de regresar a casa.
–Un momento, niña. –Alza la mano–. Tengo algo que... –No termina la frase y se dirige al fondo del recinto, donde están las caballerizas. Hace años que no guarda caballos en ellas pero las usa como una especie de almacén de trastos viejos. Cuando era una niña solía dejarme jugar entre todos esos cachivaches, incluso llevarme alguno si me venía en gana.
La sigo, y espero en la entrada.
Regresa pocos minutos después. Anita me mira fijamente. Se retira el delantal y lo deja sobre un paquete de paja que debe de llevar allí un millón de años. Luego me entrega un libro. Sostengo con una mano el tomo y con la otra las lechugas.
–Es suyo, si no me equivoco.
–¿Cómo dice?
–El libro, es suyo, ¿verdad? Hacía tiempo que no veía uno parecido. Estas vetas azuladas... ¡Qué maravilla!
–Creo que se equivoca –lo reviso. No es mío, pero lo cierto es que me resulta familiar.
–Oh, pues me pareció verla anoche con él. Por lo que parece es usted de las mías.
–¿Perdón? –No comprendo hacia donde lleva esta conversación.
–A mí también me gusta caminar bajo la lluvia. No hay nada de lo que avergonzarse.
–Ya, bueno...Tengo algo de prisa. –Sigo sin recordar lo que hice. ¿Estuve paseando bajo la lluvia con ese libro encima?
–Esta mañana lo encontré en el suelo, cerca de mi granja –continúa explicando–. Es una irresponsabilidad por su parte –me riñe.
–Um ... ¿Lo siento?
–¿Me lo pregunta? Curioso.
–Pues...Gracias. –Retrocedo–. Ya me voy –anuncio antes de dar media vuelta y caminar hacia el cercado.
–¡Quieta! –ordena-. ¡No se mueva!
Me detengo. Se me tensan los músculos.
–¡Olvida las patatas!
Me giro para ver como se acerca hacia mí con una agilidad impropia para su edad. Sobre todo teniendo en cuenta que carga con un saco de tres kilos de patatas.
–Es muy joven para andar con estos despistes –me increpa.
–Lo sé. –Sonrío y agarro el saco como puedo. Pesa una barbaridad. Se me escurre una lechuga que está a punto de desplomarse sobre el suelo, pero logro sujetarla antes de que lo toque. El tomo azul no corre la misma suerte. Al caer levanta una ligera polvareda y queda abierto y algo polvoriento. Me sorprendo al descubrir que las hojas no son blancas, sino negras.
Anita se inclina y me lo devuelve después de sacudirlo suavemente.
–¿Qué es? -pregunto.
–Un libro, ¿qué va a ser? 
–No lo sé, dígamelo usted.
–No hay duda alguna.
–¿Había visto uno como este antes?
–Oh, claro que no. Dudo que haya otro igual.
–Pero ha insinuado que...
–Yo no tengo uno como este. No creo que exista uno igual.
–Oh...
–Váyase, anda, lléveselo de aquí. Pero no lo extravíe, es un ejemplar muy valioso. –Me ofrece una sonrisa amable y se despide con un "hasta pronto".
Me alejo con una sensación a camino entre la indecisión y la congoja. Anita esconde algo, eso está claro. Pero no sé qué tiene que ver con este cuaderno que, sin duda, es mío pero no recuerdo por qué.
A pesar de conocerla desde hace años, esta es la conversación más larga y extraña que he tenido con ella. Que yo recuerde, Anita ha vivido siempre sola, pero eso no la ha hecho una persona huraña, como cabría esperar. Subiste con la venta de verduras y huevos, y siempre está dispuesta a ayudar a quien se lo pida. 
Quizás esté llevando demasiado lejos todo esto. Quizás le esté dando demasiada importancia.
Atravieso mi casa, deposito la compra sobre la encimera y las verduras en el suelo. No cruzo una palabra con mi madre ni mi padre. Me encierro en la habitación y me siento en la silla ergonómica.
Sigo dándole vueltas a la charla con Anita y me doy cuenta de que, en realidad, no conozco de nada a esa señora. Nadie sabe si ha tenido marido. Tampoco hermanos, padres o hijos.
«¿Qué importa?» me digo. «Es la señora Heredia, la adorable y generosa anciana, Anita».
Miro mis apuntes y me convenzo de que no pasará nada si me doy unos minutos más.
Me apresuro a abrir el extraño libro azul.
Primera página, blanca.
Solo esa.
Segunda página, negra.
Y a partir de ahí, todas ellas.
Paso las yemas sobre una cualquiera y siento una rugosidad que no se corresponde con el gramaje. Es otra cosa. ¿Qué es?
Me acerco a la ventana y apoyo la página sobre el cristal con sumo cuidado, mientras sostengo el resto con la mano opuesta. No hay nada escrito pero puedo percibir la presión de una pluma o un bolígrafo sobre ella. Me siento en la cama y uso el cabecero como respaldo. Estiro las piernas y sigo observándolo.
Onix. Fuel. Carbón. 
Absorbe toda la luz.
Mis pensamientos son erráticos.
Elijo otra de ellas de forma aleatoria.
Mi cabeza sigue maquinando.
Entonces, unos grandes ojos oscuros y vidriosos me miran. Un pelaje marrón. Unos dientes afilados.
«Rue».
Su nombre me atraviesa. 
Un cachorro de pastor alemán. 
Tengo un sentimiento extraño que no logro identificar. Es un anhelo, o tal vez frustración. ¿Quién es? Recuerdo a ese perro. Lo recuerdo bien pero algo me impide acceder a toda la información. 
Deslizo los dedos por el dorso y doblo una esquina de la primera página. Inmediatamente después recupera su estado anterior. Vuelvo a hacerlo y me responde de igual modo. ¿Qué ha sido eso?
Cierro el tomo y lo lanzo a los pies de mi cama.
«¿Quién es Rue?»
«¿Quién es Rue?»
Un potente eco me avasalla. Su ladrido. Inconfundible. Ese que emite cuando quiere subirse a mi cama, o cuando quiere salir a pasear.
¿Cómo he podido olvidarme de ella?
Su sonido desembota mi memoria y la presa de recuerdos se desborda. Caen en una cascada incesante. 
Rue, Clara, el libro azul y ese chico. Su traje amarillo...Dorado. 
La lluvia.
Los truenos. 
La luz. 
El agujero en la tierra y el abismo absorbiéndola a ella.
–¡No! –grito. 







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