Capítulo 3


        Escribo un mensaje a Clara. No responde. Hay muchas posibilidades de que ya esté en su casa, metida en la cama. Seguramente lea mi mensaje y un segundo después se burle de mi ingenuidad, pero me quedo más tranquila si me aseguro. Vuelvo a revisar el móvil. Nada. Paso la mano sobre el lomo azulado del libro y el tacto me devuelve a la vieja casa de mis abuelos. Me avasalla el aroma a madera y almizcle. Y el recuerdo del roce áspero de esa enorme piel de vaca me hace cerrar la mano involuntariamente.
Se me eriza la piel.
Lo había olvidado.
La primera vez que vi la piel del animal colgada de la pared de su comedor casi le vomito encima a mi madre. Después de contener varias arcadas, empecé a gritar. No comprendía por qué tenían eso ahí enmarcado como si fuera un cuadro de Rubens. Aquella tarde, mi abuelo y yo debatimos, largo y tendido, las razones por las que uno no podía tomar la piel de otro como si fuera suya. A pesar de sus razonamientos edulcorados para una niña de ocho años, no pegué ojo las siguientes tres noches.
Es curioso como algo que me pareció inaceptable en su momento, se volvió casi despreciable con los años. Supongo que es lo que pasa cuando creces, dejas de mirar desde ese prisma sin censura en el que las cosas son lo que son. El contexto es secundario, y esa piel era eso, el trozo de un animal muerto.
Me siento como aquel día. 
Me contengo las ganas de echar la papa. 
¿Por qué? Si ni si quiera es piel de verdad. Según el chico, no es más que la hoja de alguna extraña planta azul con rayas.
Vuelvo a pasearme por sus robustas hojas claras. No son blancas del todo, tienen un agradable color crema. Imagino que puedo usarlo para dibujar.
«No es tan inútil, después de todo».
Alcanzo un lápiz de la mesita auxiliar y me dispongo a esmerar algunos trazos. Lo cierto es que no tengo ni idea de dibujar. Al parecer, soy de esas personas cuya cúspide artística llegó a los seis años con el primer monigote compuesto por un círculo como cabeza y cinco palitos para el resto. Más que de sobra, en mi opinión. Deslizo el lápiz sobre el papel y tras él surge una línea fina. Me fijo atentamente. Es tan oscura...Como si hubiera mojado la punta en acuarela negra. Me dispongo a seguir pero, antes de que pueda hacerlo, la línea comienza a extenderse sin que yo haya decidido darle longitud. Paso la página confusa y agito la cabeza. Regreso, y descubro que el trazo vertical se expande. De su interior surgen pequeñas gotas de tinta que se deslizan hacia el final de la hoja.
«¿Qué clase de truco es este?»
Sigo observando aquel disparate hasta que el plano claro se tiñe por completo. Paso las hojas para averiguar que en el resto está sucediendo lo mismo. Todas ellas chorrean tinta negra como el carbón.
La puerta principal gruñe y se abre, una vez más, para recibir a mi padre. Cierro el libro de un golpetazo, me lo guardo bajo la sudadera, y le saludo con una media sonrisa. 
Simulo un bostezo. Entonces me percato de que tengo las yemas de los dedos pringadas de negro. No quiero ni pensar en cómo habrá quedado mi ropa. Siento como la mancha se extiende por mi camiseta interior. Tendré que tirarla. Y la sudadera también.
–Hola, cariño. ¿Por qué no estás en la cama?
«Porque Mamá está en mi cuarto, recogiendo lo que queda de sus sábanas».
«Porque Clara ha decidido que es una buena noche para jugar al escondite».
«Porque hay un tipo por ahí fuera paseándose con un traje dorado de lo más hortera».
«Porque hay una aurora boreal que parpadea cuando le viene en gana».
«Porque tengo un libro que supura tinta».
–Os estaba esperando –respondo y me cruzo de brazos con disimulo.
Rue cruza el pasillo como un torbellino y se lanza sobre él con la lengua fuera. Mi padre le revuelve los pelos de la coronilla y le forma una cresta en el espacio entre las orejas.
–Rue, la rockera –bromea.
–Ja...Ja... Pero qué gracioso –le increpo con desdén.
Rue suelta un ladrido y se me acerca. Olisquea mis zapatos. Mueve el hocico como si buscara explosivos y se sube sobre el reposa-brazos. Me encojo en el sillón y aprieto los brazos que aún tengo cruzados. Sé que está buscando el tomo que tengo guardado bajo la sudadera.
–Fuera de aquí. –La aparto de un manotazo y se lanza al suelo. Se revuelve como un cochino en el barro y vuelve a ladrar antes de echar a correr.
–¡Rue! ¡Quieta! –grita él.
–Déjala -respondo mientras se aleja de nosotros.
–La puerta está abierta –me dice ahí parado.
Abro las manos y encojo los hombros esperando a que decida ir a por ella.
–Aún tengo que coger algunas cosas del coche –se excusa–. ¿Te importa?
–Claro...Ya voy yo. –Pongo los ojos en blanco y me encamino en busca de la tránsfuga. 
Veo su cola agitándose en la linde del patio. Luego se sumerge en la oscuridad. 
La sigo. 
No cae una gota e imploro que siga siendo así, con las prisas no he cogido el abrigo.
-¡Rue! –la llamo.
Ni rastro.
-Vamos, Rue. ¿Dónde te has metido?
Empiezo a cansarme de que todo el mundo desaparezca hoy.
Cruzo la calle y avanzo hasta llegar al final. Explota el firmamento y regresa el albor. Ese foco brillante e inquietante.
Truena, y rezo por un poco de calma. No quiero calarme. Me pongo la mano sobre las cejas, para evitar que la luz me deslumbre, y achino los ojos. Me gustaría saber qué diría un ufólogo de esto. Probablemente afirmaría que esta noche nos han visitado los marcianos. 
«Marcianos». Me río ante mi rocambolesca afirmación y avanzo hacia ella.
Continúo con la búsqueda. Silbo y doy palmadas a la espera de que esto atraiga a Rue hacia mí. No da resultado, sin embargo, sí que logro alcanzar algo o, mejor dicho, a alguien.
Me encuentro con el chico del libro al límite de la avenida.
«Con que ahí estás».
Creo que me mira.
No estoy segura.
Ese maldito foco no me permite ver bien.
Doy un par de pasos. Lo tengo a poco más de cuatro metros. Se vuelve y camina en dirección contraria.
–¡Espera! 
Me ignora. 
Avanzo.
–¡Eh! ¡Tengo tu libro! –Alzo el brazo con el libro en la mano.
Se detiene.
«Bien».
Advierto algo a su lado. Muy cerca.
Otro paso.
Una gota de agua me moja la cara y se desliza desde la mejilla. La retiro y alzo la barbilla. La luna me atraviesa las retinas. Vaga libre sobre el firmamento y, sin embargo, el cielo se desploma sobre mí y me calo.
Otro paso más para saber quién lo acompaña.
Es Rue.
–¡Rue! –bramo. No me mira. No se inmuta. 
Continúo.
Solo un poco. 
El agua cae con fuerza.
Ninguno de ellos me presta atención.
–¡Devuélveme a mi perro y te daré el libro! –grito mientras me deslizo por el asfalto encharcado. Voy despacio. No quiero que salga huyendo. No quiero que Rue vaya tras él. 
Algo me dice que no tengo tiempo.
Antes de alcanzarles, el tipo pega un saltito y se lo engulle la tierra. Me detengo, como si eso fuera a evitar que Rue también desaparezca.
Me equivoco. El firme la absorbe.
Echo a correr.
Un precipicio me corta el paso. Un agujero profundo como el centro de la Tierra.
Y me veo de pronto con un vestido azul y una diadema negra. Alicia siguiendo al conejo. El País de las maravillas me espera abajo.
«Deja de divagar», me ordeno.
Rastreo el terreno. 
Ni rastro del chico. Ni rastro de Rue. Y, sin duda, ni rastro de Clara.
No, no es cierto. Sí que hay rastro de Clara. Un rastro más que fiable: huellas de zapatos y un teléfono móvil rosa espolvoreado con brillantina. Es su móvil. 
Me vuelvo sobre mí misma y busco una explicación más convincente que la de que mi amiga y mi perro hayan sido tragados por una brecha en la carretera. Cojo el aparato del suelo y vuelvo a casa a toda prisa. Debo avisar a mis padres y a los padres de Clara. 
Me contengo nada más cruzar el umbral y me encuentro con mi reflejo en el espejo del recibidor. Mi pelo rojo se ha convertido en una lámina brillante y adosada a mi cara y mi espalda. Escurro el agua sobre el suelo del porche y vuelvo a entrar. 
Me pregunto qué es lo que voy a decirles. Si les hablo del chico, de la luz y la boca del infierno, me tomaran por loca. No debería empezar por ahí. Pero, ¿por dónde empiezo? 
No hay tiempo. Lo suelto todo a bocajarro.
–¿Quién es Rue? –me pregunta mi padre.
–Tenemos que ir a buscarla –le digo nerviosa.
–Ava, tranquilízate.
–¡Por favor! Vamos, coge el coche. No están muy lejos. 
–¿Qué pasa, cariño? –Averigua mi madre asomada desde su habitación. Lleva puesto su camisón y parece menos cabreada que antes.
–¿Tú sabes quién es Rue? –se interesa mi padre.
–¿Rue? No. ¿Es una amiga del instituto? –se dirige a mí.
–Oh, por el amor de Dios. ¿Qué os pasa?
–Quítate esa ropa, cariño, estás empapada –me pide mi madre dulcemente.
–Por favor, creo que ha sido ese tipo.
–¿Un tipo? –pregunta mi madre.
–¿Qué tipo?
–Da igual. –Agito la cabeza-. Tenemos que encontrarlas.
–¿Encontrarlas?
–¿Son varias personas? –añade mi padre.
–¡No! –Me rasco la cara–. En realidad son una persona y un perro.
–Oh. –Mi padre se frota la barba con la palma de la mano.
–Os digo que alguien se ha llevado a Rue y a Clara.
–¿Quienes son Rue y Clara? Hija, estás muy rara. Me preocupas. –Mi madre me pone la mano en la frente y yo se la aparto-. Pero hija...
–Ya está bien. Deja de decir sandeces –ordena mi padre.
–¿Sandeces? –Me retiro.
Todo es difuso.
Saco el teléfono de Clara del bolsillo de mi pantalón y busco su fondo de pantalla. Siempre lleva una foto suya. Exhibo el aparato a la espera de que dejen de actuar como si no la conocieran.
–¿Qué? –Mi madre pone cara de desconcierto.
–Es ella. ¡Es Clara!
–Ahí no hay nadie.
Reviso la pantalla y veo un sinfín de iconos sobre una lámina violeta.
«¿Pero qué...?» Se me cae el aparato al suelo. «Joder».
Lo recojo. Me tiemblan las manos. Busco mi mensaje. El que le he enviado hace unos minutos. Lo encuentro.
«Clara, ¿dónde estás?»
–¿Veis?
–Sí –asiente mi madre–. ¿Qué pasa?
–Se lo envié a Clara hace menos de una hora.
Mi padre me pasa la mano por el hombro y me empuja suavemente hacia mi habitación.
–Anda, ponte el pijama y échate a dormir.
-¡No! -Me zafo de él, de ellos.
Huyo.
Aún llueve con fuerza. No me importa. Deambulo por la calle, gritando sus nombres. Sé que parezco una lunática pero no lo soy. No lo soy, ¿verdad? 














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