Capítulo 5
Mi
madre irrumpe en el cuarto con cara de pocos amigos.
–¿Qué
son esos gritos?
–Perdona, es
que… –Busco una explicación realista. Pero pienso demasiado lento–. Yo no…
–Ya
está hecha la comida –me interrumpe–. Estás muy rara últimamente, ¿sabes?
–Tuerce la boca con gesto de desaprobación–. Ven a comer antes de que se
enfríe.
–Vale,
mamá, enseguida voy –respondo.
Continúa quieta frente a mí.
–Ya voy
–repito.
Se
agacha y recoge el libro.
–¿De
dónde has sacado esto?
–De
la biblioteca –improviso.
–Oh.
–Lo ojea–. Una novela, ¿verdad? No me suena–. No parece sorprendida por nada de lo
que encuentra en su interior–. Tiene una letra minúscula –aprecia–. Tendría que usar
mis gafas para leerlo, sin duda.
–¿La
letra? –pregunto confusa.
–Eso
he dicho.
–Vale... –asiento–. Es
para un trabajo. –Me incorporo–. Trae, voy a organizar todo un poco antes de ir
a comer.
–¡Enhorabuena! –pondera–. Es la primera vez que decides hacerlo por cuenta propia.
–Gracias,
mamá –respondo con recochineo y le arrebato el tomo. Vuelvo a revisarlo
mientras ella sigue a mi lado.
–¿Qué
buscas?
–Nada,
es que he perdido la página por donde iba–. Sigo sin ver texto alguno.
–Vaya
por Dios. ¿Recuerdas la primera o la última frase?
–¿Ves
algo… Algo aquí? –Señalo un punto al azar.
–¿Algo
como qué, hija?
–Lo
que sea. ¿Hay algo escrito?
–Pues
claro. ¿Por qué me preguntas eso?
–¿Qué?
Um, por nada… –Sigo sin encontrar ni una sola palabra y sin embargo ella parece
convencida de que está repleto de textos.
–¿Es
que no ves bien? Hace mucho que no te haces una revisión de la vista. ¿Ves
borroso? –Me coge por los hombros y se coloca a mi altura para mirarme
fijamente.
–Sí.
O sea, no –rectifico–. Creo que debería revisar mi vista.
–Esta
semana. Sin falta, ¿eh?
Asiento
y doy media vuelta.
–En
seguida voy a comer –le digo a fin de que se marche de una vez de mi
habitación. Aunque no tengo ninguna intención de acudir a la cocina.
Cuando
por fin me libro de ella, salgo del cuarto a hurtadillas y me escabullo hasta
el patio.
Atravieso
la calle.
Necesito más información y tengo la sensación de que Anita puede
dármela. Su casa está cerca, con un poco de suerte, mi madre no se dará cuenta
de mi ausencia.
El
sol que lucía esta mañana se oculta mientras avanzo. Creo que amenaza tormenta,
de nuevo.
Pruebo
con su puerta, llamo y luego toco el timbre. Espero.
No
hay nadie. Debe de seguir en la granja.
No
lo dudo, me dirijo hasta allí.
El
cercado está cerrado, así que grito su nombre un par de veces, pero no obtengo
repuesta.
No,
definitivamente no está en la granja. Me encojo de hombros y me convenzo de que
lo que voy a hacer está totalmente justificado. Me encaramo a la alambrada y
trepo por ella. No es difícil saltarla, no hay mucha altura y los huecos entre
las varillas que la arman me sirven de apoyo. Una vez en lo alto, doy un salto
y aterrizo en el suelo creando una pequeña nube de polvo.
Las
gallinas se alborotan con mi llegada y el sol se oculta totalmente.
Vuelvo
a pronunciar su nombre.
Nadie
responde.
«Tal vez esté en las
caballerizas. Es posible que no me oiga desde tan lejos», me digo.
Camino
hacia ellas. Llevo el libro en la mano, quiero que me explique qué tan
importante es. Ella sabe algo más sobre él, estoy segura.
Empujo
el portón de madera y lo arrastro, no sin esfuerzo, hasta que queda libre el
espacio suficiente para poder pasar.
Deposito
el tomo sobre el montón de paja de la entrada y deambulo por el lugar en busca
de la anciana. El aroma húmedo de la lluvia aún permanece dentro.
El
pasillo central es amplio. Las portezuelas que darían paso al hogar de los
caballos están descorchadas y oxidadas. Apenas un hilo de luz que procede del
portón principal me permite ver lo que hago.
Sigo
revisando.
Una hoz, dos carretillas volcadas sobre la pared, una vieja regadera de chapa y herraduras
en una montaña de basura.
Ruge
el cielo y me estremezco. No es por el ruido, es por el recuerdo de la tormenta pasada. Me noquea la luz
azul y deseo que no regrese. Mis pasos se hacen fuertes y mi respiración parece
un torrente pasando por mi garganta. Nunca antes había estado en este lugar yo sola.
No me había dado cuenta de lo espeluznante que es hasta ahora. A oscuras y en
silencio todo da más miedo.
Crepita
una chapa. Adivino que es una de esas portezuelas oxidadas. Me giro y busco el
origen del ruido. No hay nada ni nadie. Pero lo ha habido. Lo sé porque, sea lo
que sea, ha tocado el libro. Me acerco a él y lo observo. Está abierto y vacío.
Alguien le ha arrancado las hojas, todas ellas. Extiendo la mano y lo cojo. Las
tapas siguen ahí pero algo ha cambiado en ellas. No hay rastro de las franjas
azules, ahora son solo dos cubiertas planas y grises. Sin duda, es mi libro,
pero ya no se le parece.
Algo
me golpea en la nuca. Es un golpe seco y punzante. Reviso la zona sin soltar lo
que queda de mi ejemplar. Me giro y me encuentro con un extraño animal. Es
diminuto y azul. Me mira desde el suelo con unos enormes ojos negros. También
su nariz y su boca son oscuras como la tinta,
y unos pequeños colmillos le asoman por la comisura.
El
animalillo se aposta a dos patas y da un paso.
Retrocedo
y me froto los ojos. Los cierro. Quizás cuando los abra deje de ver a ese bicho
azul.
Los
abro y sigue frente a mí. Un poco más cerca que antes. Juraría que la piel de
su lomo es del mismo color que los lomos de mi libro.
«Es adorable», pienso.
A
pesar de que me provoca cierto recelo tenerlo tan cerca, debo admitir que no
parece peligroso. Es como si un peluche hubiera cobrado vida.
«Oh, por el amor de
Dios, esto me lo confirma. Estoy convencida de ello. Se me ha ido la cabeza.
Estoy loca. Tarumba. Mal del coco».
El
animalillo vuelve a posarse a cuatro patas y se escabulle bajo la primera
puerta metálica. La empujo, en busca del singular bichejo, pero no
encuentro más que un habitáculo pequeño y sucio, con paredes y suelo de
hormigón y algunos restos de paja salpicando el firme.
Lo
llamo varias veces y hago ruidos absurdos. Obviamente, no me sirven para
nada.
Se
ha esfumado. O quizás nunca haya estado ahí.
«Me lo he imaginado. Lo
he soñado. Lo que yo pensaba. Se me ha ido la cabeza».
Siento
como algo cae sobre mi cabeza. No me golpea, solo se posa. Está sobre mi
coronilla, sobre mi pelo. Me sacudo, intentando hacer que se vaya pero lo que
consigo es que incruste sus diminutas uñas en mi piel.
Grito.
Agito
las manos y sigo moviéndome.
No
se va.
Demonios.
Y
entonces decide dejarse caer. Se posa con frescura y vuelve a
huir. Lleva algo en la boca. No me había dado cuenta. ¿Cuándo lo ha cogido? Es
mi libro, o lo que queda de él. Sale de las caballerizas y atraviesa la granja.
Voy
tras él. Tras ese bicho impertinente.
Cruza
el huerto, salta el cercado y corretea por el terreno aledaño sembrado.
Zigzaguea.
–¡Para!
–grito–. Devuélveme eso.
Parece
escucharme porque se
detiene sobre un montículo de tierra.
Recupero
el aliento y camino con cautela.
–Tranquilo
–susurro–. No huyas. –Sigo adelante. A pocos centímetros de él doy un último
paso y pierdo el equilibrio. Las puntas de mis pies cuelgan sobre un
precipicio. Un túnel profundo. Un socavón oscuro como el que engulló a Clara y a
Rue.
El
animalillo se acerca y se asoma al abismo.
Mueve el hocico y se inclina.
–Espera
–le ruego–. No saltes–. Aún lleva en los colmillos los restos de mi libro. Me
muestra una sonrisa afilada y lo deja caer por agujero.
–¡No!
–exclamo.
Pero
salta y se desvanece en su interior.
Miro
a mi alrededor y vuelvo a centrarme en el hueco en la tierra.
«No debería. Sé que no
debería».
Introduzco
una pierna y palpo hasta encontrar un espacio firme. Sigo con la otra pierna.
Es estrecho, puedo apoyarme en los laterales sin caer. Continúo hasta estar por
completo bajo el suelo.
Me doy cuenta de que posee
pequeños escalones.
Desciendo por el túnel vertical.
Los escalones son arcillosos y poco estables pero me sirven como apoyo.
Sigo bajando.
Pronto la escasa luz se torna inexistente.
No veo nada.
Saco mi teléfono e intento aportar algo de luz.
Y
entonces me quiero morir. Lo que parecía un salvoconducto se vuelve una
herramienta inútil al caer por el precipicio. Mi teléfono desciende. Suena.
Golpetea. Chaquetean las piezas. Se quiebra. Cruje y aprieto los dedos contra
la pared.
Silencio
y absoluta oscuridad.
Tinieblas.
Y
un dolor en las costillas.
Tengo
los brazos apostados a los lados y las puntas de los pies sobre uno de esos
ridículos escalones. No podré soportar la presión.
Me
obligo a calmarme.
¿Cómo
he sido tan estúpida? ¿En qué momento pensé que seguir a ese animal azul era
una buena idea?
Tomo
aire hondo y profundo.
Estalla
mi aliento en las paredes de tierra.
¿Es
cierto lo que siento? ¿Lo que veo? O mejor dicho, ¿lo que no veo?
Lo
es, eso seguro. Lo era cuando puse el pie izquierdo y el derecho, cuando metí
un brazo y el otro, incluso cuando mi cabeza también estaba dentro.
«No sigas. Da la vuelta». Mi yo más racional me lo ordena. «Que le den a ese libro, vuelve».
Sigo
quieta. Tensa. Me sostengo con dificultad. La tierra se resquebraja lentamente.
Alzo
la barbilla en busca de un poco de luz, pero no hay rastro alguno. Es demasiado
tarde. No tengo otra opción más que la de seguir bajando. Y será mejor que lo
haga rápido. Será mejor que esperar y dejar que la gravedad me desplome hasta
el fondo.
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