Capítulo 6
Sigo
bajando. Intento hacerlo lo más rápido que puedo, pero la tierra se desmigaja
cada vez que me muevo.
Cuando
creo que nunca llegaré al fondo, mis pies se topan con una base barriza.
A
pesar de que todo sigue a oscuras y eso no me permite estar del todo satisfecha,
siento cierto alivio al poder descansar.
Destenso
los brazos y las piernas, y me dejo caer sobre el suelo para tomar fuerzas un
momento. Luego busco a mi alrededor, a tientas, pero solo alcanzo las piezas de
mi defenestrado teléfono móvil.
«Deja
un rato ese trasto del demonio».
Las
palabras de mi abuelo me retumban en la cabeza como un eco constante. Solía
reñirme cada vez que me atrevía a usar el móvil en su presencia.
«El
trasto del demonio se ha esfumado», le respondo irónicamente. «¿Estás contento?».
Imagino la sonrisilla que me ofrecería al descubrir dicho acontecimiento.
Sigo
revisando. Me rodean las mismas
paredes que cubren el pozo. Las palpo y escudriño minuciosamente, y no
encuentro un solo hueco por el que continuar. Alzo la barbilla y se me encoge el
estómago. No puedo trepar por ahí. Es demasiado alto. Muy alto. Se me empañan
los ojos y la garganta se me agarrota. Estoy atrapada. Tengo ganas de llorar
como una cría de cinco años, pero intento mantener la calma. Debo buscar una
solución. Lo intento, pero mi cerebro se embota. No puedo pensar con claridad. Entierro
la cabeza entre los brazos y espero encogida, implorando que todo se arregle
repentinamente.
Estoy
muy cansada y aún siento los músculos endurecidos. Quizás si me tomo un
respiro, si espero un poco y me recupero, pueda subir. Me digo esto una y otra
vez hasta convencerme. Sigo agachada y quieta. Los ojos me pesan. Se cierran
aunque yo no quiera. No es el momento de echarse una siesta y sin embargo, me
quedo dormida.
Me
despierto después de lo que me parece un instante, justo cuando siento que algo
se mueve debajo de mí. El firme cruje y se agrieta. Se abre un nuevo socavón
que me absorbe. Esta vez caigo sin poder evitarlo. Pienso en mi inminente muerte
y en lo imbécil que he sido.
«No
debí seguir a ese maldito bicho azul».
Entonces
algo me detiene, es mullido. Golpeo con la espalda contra una especie de
alfombra verde. Me sostiene, o eso pienso, porque lo hace solo un segundo. Luego
se rompe y me hundo. Está vez la caída es leve y corta. Juraría que apenas de
un metro. Aun así me hago daño en un costado.
Ahora
las penumbras se diluyen ligeramente. Una tenue luz me alumbra desde el fondo
de un túnel horizontal. Me encorvo y avanzo por él a gatas. Lo hago despacio.
Voy en dirección hacia lo que creo que es la salida, y hacia el único lugar hacia
el que puedo dirigirme. Después de quince minutos sigo sin encontrar la dichosa
salida, y las rodillas empiezan a dolerme. Esto empieza a ser desmoralizante. Quiero
detenerme pero me niego a hacerlo. No pararé hasta abandonar este horrible
lugar.
De
pronto, un dulce aroma silvestre inunda el pasadizo. Sigo progresando,
convencida de que eso es una buena señal, y logro, por fin, salir del corredor.
Me
incorporo despacio y enderezo la espalda, que cruje al estirarse. Un brillo
verdoso me deslumbra. Me rasco los ojos y pestañeo un par de veces antes de
darme cuenta de donde estoy. Un frondoso jardín me da la bienvenida. Me rodean
madreselva y hortensias, tulipanes, margaritas y plantas de aloe vera. Siento
un gran consuelo cuando, al alzar la barbilla, no veo tierra ni rocas sino un esplendoroso
cielo azul. Antes de que pueda preguntarme cómo ha llegado este vergel hasta
aquí, un ruido me sobresalta.
Es ese endemoniado animalillo de piel
rallada. Me mira con pose burlona tras un helecho. Sigue apresando los restos
del libro. Se alza sobre sus dos diminutas patitas y olisquea el ambiente
mientras sujeta el libro con los dientes. Luego vuelve echar a correr.
Esta vez no voy tras él sino que me
detengo a analizar mi situación. No cometeré ese error otra vez.
Mientras
deambulo por el espeso jardín me doy cuenta de algo desconcertante. Un velo
verde lo cubre todo, pero no es el verdor típico de la hierba, las copas de los
árboles o las hojas de los tallos. Ese color procede de la arena que piso, los
troncos de los árboles y algunas flores. Me acerco a lo que parece un rosal y
reviso las espinas azules. Del rosal surgen hermosas rosas de color verde,
negro y naranja. Me pregunto cómo habrán logrado otorgarles unos colores tan
extravagantes.
Cojo
una de ellas. Lo hago con sumo cuidado de no pincharme, pero cuando la tengo en
mi mano, siento una punzada en el dedo.
—¡Ah!
—exclamo.
—¡Eh! —alguien grita.
Busco confusa la procedencia de la voz
pero no veo a nadie cerca.
—¡Niña estúpida, no se agite tan
bruscamente!
—¿Dónde está? Déjese ver —ordeno.
—Aquí, aquí, aquí —cacarea.
Siento de nuevo un picotazo. Al revisar
mi mano descubro quien me habla.
—¡Tenga
más cuidado! —La voz procede de la rosa.
—Di…disculpe
—respondo confusa—. ¿Es usted una planta parlante?
«Claro
que no».
—No
diga tonterías. Las plantas no hablan.
—Entonces,
¿dónde se esconde? —me giro sobre mi misma.
—Mire
aquí abajo. ¿Es que necesita anteojos?
Lo
hago y averiguo que sobre la flor hay posada una mariquita ataviada con una
boina y una pipa.
Pestañeo
varias veces para cerciorarme de que lo que veo es real.
—Oh…Hola…
—dudo—. ¿Cómo es posible que…?
—Eso
me pregunto yo, niña…¿Cómo es posible que un bicho tan raro como usted haya
llegado hasta aquí?
—¿Un
bicho raro? Yo no soy ningún bicho. Sin embargo usted…
—¿Si?
—me pregunta con sumo interés mientras se ajusta los anteojos.
—Nada,
nada. Lleva unas gafas muy bonitas.
—¿Verdad
que sí? Son a la última moda —asegura orgullosa—. Dígame, ¿a dónde se dirige?
—Pues…La
verdad es que no lo sé —busco a mí alrededor.
—Curioso.
Cuando uno sale de casa, debe hacerlo siempre con un rumbo, ¿no le parece?
—Debería
continuar —le digo.
—Claro,
joven, haga lo que tenga que hacer. Aunque hágalo deprisa, no se demore
demasiado. Es peligroso permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar.
—Demasiado
tiempo, ¿dónde? ¿Por qué dice eso?
—Ya
sabe, el barquero está a punto de llegar.
—¿El
barquero? ¿De qué me habla?
—Pero
bueno, muchacha, es que no sabe quién es el barquero. Todo el mundo sabe quién
es el barquero. A nadie se le ocurriría pretender semejante hazaña como la suya
sin saber quién es él.
—Explíquemelo
usted, si es tan amable.
—Claro,
lo haré —anuncia orgullosa—. El barquero viaja con su barca por allá por donde
le place. Surca las aguas, la arena o el fuego. Y si tiene la desgracia de
cruzarse con él, se la llevará sin remedio ni auxilio… —Calla de pronto y abre
unos grandes ojos negros—. Tarde, niña. Suélteme, vamos. Déjeme en el suelo.
Ya, rápido. No quiero que me vea.
—Ya
voy, ya voy. —La dejo sobre un seto
junto a la rosa.
—No
permita que la lleve con él al faro, niña. No deje que la lleve con él —murmura
mientras se escabulle entre la maleza.
La luz se oscurece y el hermoso jardín languidece.
Lentamente, aquel lugar luminoso y alegre se convierte en un sombrío escenario.
Una espesa niebla avanza hasta mis pies y se eleva hasta mis rodillas y luego
mi cintura. El canto de los pájaros que armonizaba el edén desaparece y un
silencio aterrador lo consume todo. Sobre las dunas de espesa niebla surca las
olas opalinas una embarcación de madera, con velas negras y un emblema
ilegible.
Tal como me ha indicado el insecto,
evito que me vea. Me retiro sigilosa de
su campo de visión y espero agazapada tras un gigantesco árbol.
La barca avanza despacio, mientras una
extraña silueta mueve los brazos a un lado y a otro. En sus manos, parece
sujetar dos grandes remos. Me acerco un poco más, para verlo mejor.
El barquero rema de espaldas a mí y no
logro ver su rostro. Sin embargo, alcanzo a vislumbrar su cuerpo delgado
cubierto por harapos. Telas oscuras y rotas caen sobre él y se deslizan hasta
la base de la embarcación. Sus manos son largas y huesudas, tanto que su piel
se adosa traslúcida sobre ellas y deja ver el interior. Un click, clack suena cada vez que aferra los remos y aparta el inexistente agua.
De pronto, la barca cambia de rumbo, y
me doy de bruces con un rosto cadavérico y terrible. Sus ojos se hunden en unas
cuencas oscuras y su boca exhibe largos y afilados dientes. Me tapo la boca
para no gritar y retrocedo a fin de evitar que me vea.
Tras él, descubro algo mucho más
sobrecogedor. Clara y Rue viajan junto a ese siniestro ser. Quiero gritar sus
nombres, decirles que huyan. Pero pronto aprecio su extraño estado. Sus ojos,
abiertos, no miran a ningún lugar. Se mantienen estáticas y ausentes a un lado
del barquero.
Piel de Cebra by SJ.Fravelia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License



Comentarios
Publicar un comentario